Etiquetas

En el mercado español, los vinos del Penedés han perdido una preeminencia. No hablo sólo de las estanterías de supermercados ordinarios –que por lo común tienen su elenco de vinos gama media, señalados con precinto electrónico en el cuello del envase. Pero también en las cartas de vinos de restaurantes han cedido posición –con evidencia, así lo creo, suficiente. De hecho, puedo recordar tiempo en que los caldos de las bodegas Torres eran requeridos como recurso apreciado y común junto con los buenos riojas, o en competencia con ellos –o, también en ocasiones, como seña incluso superior de distinción de clientela de clase acomodada. Muy común, junto al plato de la carne, la botella de etiqueta casi gótica del Sangre de Toro, o el Viña Esmeralda acompañando el pescado. No pretendo desmerecer la maestría bodeguera del entorno –sin embargo, tengo para mí que los blancos de esa zona han visto mermada su definición en el mercado ante el ascenso de los secos de Rueda, o los espumosos, suaves, semidulces incluso, de Galicia o la zona de Algeciras. Por lo que hace a los tintos, la competencia ha marcado delimitaciones en la península –sin que el Penedés haya conseguido a su vez marcar en estos tiempos unas señas de contundencia suficiente. Y es claro, que estos vinos tienen seña propia –que precisaría de una ductilidad hacia el gusto en progresión de los mercados, tal va sucediendo con fuerza en las bodegas de La Mancha, o un guiño al paladar sin excesivo acomodo –al modo de un sabroso coqueteo.

©

Anuncios