El muy joven soldado Navarrete, ejército del aire, presumía de no haber sostenido nunca la condición de recluta. Voluntario, que se incorporara a la milicia –con miras de carrera, y de arraigo en los galones. Dentro del ejército, decía sentirse llamado a la afición paracaidista. Impoluto siempre, discreto a pesar de los pocos años, replanchado, paseaba con el grupo de amigos de la infancia –estudiantes o recién salidos de aprendices de un oficio, tras haber cumplido la edad que permitía empezar el laboreo. Entre todos, Navarrete sobresalía por la mística de aquello a lo que se veía compelido, o predestinado casi. Quiero decir, que cualquier otro tenía una idea sobre el menester en que querría emplearse en su futuro –pero nadie como él acariciaba con embeleso su propósito, nadie como él lo tocaba inmediato y revestido de designio y de nobleza. El día en que saltó por vez primera, paseó vespertino por las calles –ungido de algún dios, que parecía. Anheloso de la próxima ocasión, tal si pretendiera estrechar el tiempo que mediaba –o bien hacerlo estallar, o ahogarlo blanquísimo en el pliegue -sin usar- de su pañuelo.

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