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El castillo de La Calahorra, pétreos muros de grosor de unos tres metros, se afianza en una loma –desde la que mira a Guadix, a su vega, a las puertas de los campos abiertas hacia Almería –a Sierra Nevada, asentado a sus pies y sobre todo. Una masa colosal, asegurada y bella –visión de fortaleza recogida y concentrada en sus adentros. Sin embargo, las delicias interiores del palacio claman por una conservación urgente, por su resurrección o su supervivencia. El claustro –lo más vistoso, con mármoles que sobreviven por gracia de su calidad y del trabajo con esmero en el origen. Renacimiento todo –erigido ese palacio-fortaleza por el primogénito del Cardenal Mendoza, cuna -el lugar- de aquel linaje, último señorío de las Españas, que Antonio Enrique no hace demasiado que escribiera. Estancias, las nobles y también las del servicio, donde apenas se conservan artesonados que hablan en vestigio casi exánime, de glorias antepasadas. Suelos rotos, inexistentes, campos de cemento descascarillado –irregular, amojonado y viejo. Los accesos al castillo, aun para el visitante joven, tortuosos o imposibles. Los vehículos -una temeridad la escalada, por escorrentías que las lluvias han trabajado con hondos surcos de guijarros prominentes y de tierra. Un amable lugareño de edad entrada o avanzada en algún punto, y que brinda los accesos al recinto, informa de que el monumento es hoy propiedad de la casa ducal del Infantado. El edificio sobrevivirá, se ve, por su fábrica y sus muros –otras cosas, de no mediar la mano provisora y no fluir abundantes los dineros, proseguirán la deriva con que el tiempo las sentencia o amenaza.

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