El cielo está poblado de rutas –imaginarias si no fueran transitadas por aeronaves frecuentes, evitando el colapso por la mano de algún sabio director, controlador, de tantos vuelos. Lo sabe aquel que pernoctó al raso, a distancia matizada de un aeropuerto medianamente utilizado. Viendo en el fondo sin luz de tanta noche, luceros anunciando distancias siderales –cuya luz se confunde con luminiscentes puntos diminutos que recorren veloces la distancia que el ojo percibe entre dos astros. Y allí, aquellas naves, un alma las gobierna –y otras almas concurren en una dirección y en un destino. Pienso, a veces, lo pequeña que es la Tierra –que lo va siendo poco a poco, paulatina, tal si el hombre pulsara ansioso por un rebasar de los confines –poéticamente hacia un plus ultra que se esconde, todavía o para siempre.

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