El lector de prensa, hoy, aparece menos posicionado que hace algún lustro en España. Hubo periodos –mucho más que momentos, por lo tanto- en que pasear con el diario El País, doblado bajo el brazo pero con la cabecera intencionada y bien visible, era signo inequívoco de progresismo –de estar en el lugar debido e ilustrado en sociedad que precisaba, así el lector del periódico alcanzaba a suponerlo, de una modernización de izquierda. Por lo mismo, escuché en comida playera censurar al portador de ese mismo diario por supuestas tendencias de política dudable. Igualmente, la prensa de derechas –no exhibida con orgullo por los adeptos y fieles, pero sí con ademán de resistencia. Tal vez, la transición política española fue más larga de lo que se piensa de ordinario –y, sin saberlo. Hoy, el lector de prensa es mucho más diletante y no dogmático. Tengo para mí que la propia deriva de los diarios ha ido propiciando un desgaste en las aristas ideológicas de fondo –sin perder la definición, y la confrontación empero. Dejo aparte la prensa radical, de lector minoritario todavía, y el lector nacionalista -cuyos resortes obedecen a otro impulso. También, el acceso desde internet a la prensa –en lo doméstico- otorga menos visibilidad pública al lector de los periódicos –en casa, sin posicionarse en el kiosko al elegir la cabecera, sin mostrar ejemplar en vía ciudadana, recorriendo uno u otro según pete. O, incluso, las propias formaciones de izquierdas y de derechas han recorrido el istmo que separaba sus fronteras –y estrechan la mano con discreción, en la sombra de los medios. O el descrédito que ha despojado a los partidos de su condición de paladines de las ideas que presumiblemente portan, ha alcanzado a la prensa –en cuánta medida, sus voceros. O todo ello, en proporción y con discernimiento preciso.

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