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Idealismos aparte, siempre tuve a don Quijote por un hombre pobre. O más, por pobre hombre. Contando con que la pobreza, si es de espíritu, es tenida también por una bienaventuranza. Y, además o a pesar de ello, siempre tuve a don Quijote por hombre pobre y triste –con una tristeza que traspasa el límite exterior de su figura. Tristeza por de dentro, como la de quien sueña y fracasa –o sueña porque vive ensimismado en la sola posibilidad de su fracaso. Y porque la bienaventuranza, así sea redentora, no suele acompañar la felicidad consigo. Yo lo pienso, a don Quijote, solitario por los campos de la Mancha –con una soledad tan suya, que el escudero no alivia. Lo pienso desalmado y pobre, y triste en el trance también de su despertar –o, solo como nunca, de su muerte.

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