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Yo visité la Alpujarra cuando no se había trazado la autopista, ni las vías se habían ensanchado y mejorado todavía. Entonces, un solo viaje semanal del autobús desde Granada. Y otros viajes intermedios, en furgones que bajaban para un rudimentario mercadeo: se avisaba en un bar en el centro de la ciudad para que el cosero –así llamaban a los transportistas que compraban cosas por encargo para la población alpujarreña- se allegara a recoger al pasaje improvisado. En aquella ocasión, tuve posada en Pitres varios días. Un puebluco de la Alpujarra alta –dirección a Ferreirola, Pórtugos, o Trevélez. Recuerdo aquella subida, de impresión desde el pie de la Alpujarra –el cosero experto en las rutas estrechas, serpenteantes, empinadas de repechos: al flanco, despeñaderos cortados a cuchillo en los contornos del barranco de Poqueira. Y miedo contenido en los viajeros atónitos y espantados. Pitres tenía un bar, junto a la iglesia –fue de ver que, cada uno de los bares o tabernas a lo largo del recorrido alpujarreño tenían un vino diferente, de la sierra de Láchar todos ellos –vino costa en la costa que, mediterráneo en medio, mira hacia las tierras enfrentadas donde la morisma habita. Aquellos días bebí las aguas ferruginosas del entorno, trabé amistad con los castaños, y logré zafarme de perros a punto de salvajes atacando vorazmente a quien tenían por intruso –o reputaban extraño.

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