Una de las consejas que solía recibir, en verano, de mi abuela –tenía que ver con las manchas que se otean en la superficie de la luna. No por inducir en el nieto una curiosidad natural o de la ciencia, sino por apuntar a una cierta mitología –antigua ésta fuera, o aprendida. Relatábame, así, la historia de un leñador regresando del monte por la noche, y con el carro cargado de leña, fatigado del trabajo de un día entero –y lamentaba el leñador su condición y su estado, pidiendo en su desespero que la luna bajara y lo llevara. Como así fue –decía la abuela-, y en la cara de la luna se puede ver la figura de aquel leñador, con su asno y su carro cargado con su leña –a sus espaldas. Diré que, niño, protestaba yo de no distinguir la meritada figura en la superficie de la luna, por más que la abuela insistiera y dibujara con palabras la silueta inexistente. Hoy, todavía, observo a veces la luna si es cercana y visible alguna noche de verano –procurando advertir, o inventar, esa figura y no lo logro. Como tampoco alcanzo a adivinar la precisión de edificar un mito donde la naturaleza no ofrece incitación verosímil, ni requiere explicación alguna. Tal vez sólo por mor del relato y la belleza, digo a veces. O por entretener, quizás, el pensamiento –de tantas travesuras posibles y abortadas de ese modo, y sin saberlo.

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