La gastronomía tiene también su estética y, por qué no, su imaginario. Lo uno, se ve en el ornato –con sencillez, o con discreción llana- de la mesa, los comensales y el entorno; lo otro, en el asociar el manjar con región conocida –o, difusamente en su regusto exótico en algunas ocasiones. Así, traigo ahora la imagen de esos frutos desecados –pasas, que se dicen: uvas, higos, ciruelas, albaricoques. Estos últimos, llamados orejones una vez se hallan secos, sin hueso y aplastados. Alimentos familiares, o al menos por ello los tengo, de los dátiles -también secos y dulzones. El sabor apetecible proviene de una deshidratación natural del fruto, pareja con una concentración de los azúcares que le son consustanciales. No sé por qué, en toque de exotismo, estos manjares se asocian con culturas árabes primeramente –cuando lo son de cualquier país ribereño del mediterráneo. Y, puestos a evocar una arqueología del hallazgo, los tengo por más propiamente fenicios que otra cosa. Sin que obste para que en empaquetado comercial de uno de estos alimentos, especificándose su origen en Turquía –a la dependienta no le cuadrara en ningún modo que unas simples ciruelas tuvieran que venir desde tan lejos.

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