Sabe el leedor curioso que el modelo maquiavélico para la educación del príncipe, tuvo su correlato –a lo barroco, y ni contestación siquiera- en las Empresas Políticas con las que nuestro Diego de Saavedra Fajardo quiso dar lecciones de prudencia, buen gobierno y virtud para el príncipe cristiano. Volumen hermoso, bello, y que al lector actual no lo defrauda. Nuestro murciano ilustre no pudo abordar en esas Empresas algunos acometimientos hodiernos, a cuyo avatar se ve sujeto cualquier cargo que porte majestad –si es que alguna queda. No seré yo quien hable por don Diego –y menos, en asunto que a buen seguro él hubiera reputado inconveniente al provecho de la Corona y al gobierno del Estado. Pero, ese acercarse el Rey y desfilar ante los periodistas –en Mallorca, que cubrían el inicio de su descanso veraniego- saludando apresurado y uno a uno, en medio del jardín y con estrechamiento de mano… pues, no sé… Algo así me ha traído como el cura bajando del altar en momento del ósculo –dispensando estrechamientos hasta el fondo de la iglesia, y en las naves, y sin faltar a ninguno. Una lección de trivialidad, desde luego, que Trento no hubiera ni sospechado. Sin duda, los tiempos mandan y majestad no es lo que fue –ni lo debiera. Pero es meridiano que el paternalismo no hace por sí majestad, ni gana el afecto pretendido, ni tampoco procura el respeto necesario.

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