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Sentarse en común para mirar –escudriñar las estrellas. Cum siderare. Porque aquella civilización, la única diría –Roma eterna-, veía en los astros un lenguaje que a los hombres los alcanza. No por adivinación ni magia, mas por el saber de aquellos nobles campesinos. Sabios, militares, gobernantes… rurales todos ellos –haciendo de la tierra la anchura de la estima de sí propios, la riqueza interior y la nobleza. Así, aquel profesor de latín nos lo enseñaba. Y hoy, cuando el mentón se acaricia con las yemas de los dedos –los ojos elevados, como ausentes, meditativo el gesto, fingido de interés el aire de su rostro y su mirada- y se rompe el silencio estrelecido con un yo considero… poniéndose a sí mismo quien lo dice, por delante… Entonces, pienso en un mirar honrado y compartido, ese escudriñar cogidos de la mano –un saber no edificado por nosotros, que no adviene tampoco, mas insinuándose en el desplazarse luminoso de unos astros, llenando con su magia las cuencas de los ojos atentos y nocturnos –que aguardan y los miran.

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