Las cenas, en países ribereños del mediterráneo y en verano –en bar o en el aire libre- poseen un aura de evocación o de sentimiento elemental. No creo preciso traer aquí, como emblema, la cena que recrea y enamora de ese Cántico Espiritual –medio celestial y medio erótico, de San Juan de la Cruz. De hecho este post vuela más bajo, y mucho más: esas cenas ocasionales o pactadas con amigos –que traen un lugar a la confianza y el relajo, y a la expansión también. En medio de conversación amena siempre, disparatada a sabiendas –protocolo con el que se comparte el reír. Recientemente, amigo hubo que decía consumir dos vasos de vino diarios en la comida, y otros dos en la cena, por prescripción facultativa –problemas de corazón. En medio de la broma incrédula, abundaba el argumento: ocasión en que, dolencia en el nervio óptico, el oculista le hablaba de la necesidad de reducir el nivel etílico en la sangre –hasta el instante en que supo de su problema cardiaco –no he dicho nada, amigo: ¡a beber! que la vista siempre tendrá menos importancia que el vivir.

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