Explicar a un niño –que sale del colegio su madre esperándolo en la puerta, y la merienda de la tarde con crema de cacao que unta el pan de molde enternecido. Explicar a ese niño, a esa madre… Que todo puede ser perdido en un instante: por un mal que la naturaleza infligiera, o el azar de las reglas de la física, o la guerra –colisión de intereses y estructuras con la vida de esos hombres inocentes. Explicar que todo: todo, bajo una artillería que arrasa y tiñe de ceniza –ruinas desoladas, harapientos, huérfanos o padres sin sus hijos… Explicar ese ciego sucumbir, a un niño de esta Europa –con mapas de colores tiñendo cartulinas en paredes de las aulas del colegio, explicación de una maestra que relata una lección humanitaria pronunciada del lado de acá de la catástrofe –y antes del recreo. Esta posibilidad tan real y tan posible, explicarla –inconcebible afán. O no explicarla, mas acudir a las bombas dispersadas –si el niño es palestino, si está en el desamparo y vive en Gaza.

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