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El castillo de Vélez-Blanco, su patio, hoy ha vibrado en un aplauso interminable. Actuando la Orquesta Barroca Catalana –Pau Bordas, su bajo, sobre todo. Un silencio que crecía ganando el espacio entero de la noche, a la luz de las almenas, cuando su voz –grave, impoluta, libre aunque amaestrada, casi libre su voz, con decisión y entrega- marcaba las notas primeras de un Salve Regina que Manuel Pla compusiera –siglo XVIII. Después, en los finales del concierto, una cantata de Bach In Festo Purificationis Mariae –con sus recitativos varios y arias intercaladas. El público, casi al delirio –incluso, entrada libre, los niños que arañaban al inicio alguna bolsa de ruidosas golosinas, enmudecieron con súbito embeleso. También el oboe, en manos de Iván Alcazo, tuvo su grandeza. Esa grandeza –extraordinaria, el amigo Dietmar Roth ha dicho en los finales- de la música buena, bella y verdadera, su esencia universal que acoge a todos, iguales -y nadie siendo, en ella, más que nadie.

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