Toda la seguridad que un viejo necesita en el declinar definitivo de sus fuerzas –cuando sabe que no puede, que no podrá nunca más, que de otros depende para todo. Esa seguridad, certeza cuya posesión vale más que el aire que respira, que la luz que se extingue de sus ojos… pero no más que el amor –idéntico o confundido en ese instante con la seguridad que de él dimana y que se ofrece. Y, aquí, el crisol del hijo: moneda temible entonces y ahuyentada –fraguada en el haz de decepción, con envés también de desamparo.

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