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Un pico natural en la llanura que ocupa la vega de alrededores de Murcia, Monteagudo, sostiene un castillo en lo más de su altura, fortaleza, que otea y desde todo lugar es divisado. Muchos decenios hace ya que en lo alto de su muro se plantó una imagen del Corazón de Jesús brazos abiertos abarcando al horizonte. Últimamente, bufete de abogados hubo que litigó por la descolocación de la imagen –con disgusto vecinal, habituado que está por lo común a la presencia del Cristo, sólito emblema ya de la entera huerta que circunda la ciudad capitalina. Nada pleiteó este bufete a favor del contiguo castillejo, palacio anejo a la fortaleza que fue suntuoso en su momento –con patio, se dijo, que inspiró el de los leones de la Alhambra, y lugar donde Alfonso X se alojara tras la toma de Murcia por tropas interpuestas. Ese castillejo, formal o solemnemente abandonado, poblado de huertos de limones con raíces que hieren el subsuelo con cuantos prodigios allí se escondieran o aguardaran. Algo habrá que esperar, también en esto –después de mucho y mucho, casi en vano.

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