La realidad es enorme y nos excede. Aunque, entera, nuestra vida se tenga que medir con ese exceso. A envites juveniles al comienzo –en la creencia no adquirida de que en nuestra mano está el cambiar definitivas muchas cosas. Con los años, la experiencia va mudando la fuerza del impulso en astucia cavilosa. Sabiendo que a la realidad no se la vence, sino por negociación donde se obtiene una ventaja –cediendo tanto, y tanto. Lo malo es si el cavilador jamás hubiera mostrado claridad juvenil, ni apasionado impulso en su propósito. Como un nadar sin exponer, en aguas procelosas. Política y maniobra, habilidad y cálculo, con la ropa siempre a salvo.

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