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Si hoy tuviera que recomendar algo a un escritor que empieza –nada de consejos, recomendación tan sólo- escogería un principio que he llegado a estimar inviolable y casi eterno: escribir tal si la posteridad nunca hubiera de existir, o no existiera. Dando la espalda a toda pretensión de pervivirse entre las letras –Unamuno, don Miguel, me lo perdone. Escribir jugueteando, en medio del trabajo en seriedad que las cosas bien hechas presuponen. Así, oscuro el borrador, el verso claro, maestría y estilo ganados en la lid de los estudios, escribir como juguetea la luz del mediodía, el follaje de aquel árbol, el ritmo de los ríos que atropellan su camino entre los surcos -y se abaten en cascadas.

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