Esquinado y silencioso, el sillón atraía cada uno de sus pasos junto al ventanal abierto a mediodía. La calle enmudecida. Y, paso quedo o secuenciado casi, J. el salón atraviesa –una almohada en las manos- junto a la mesa central en primer acercamiento y, rebasada, rozando el estante de los libros junto al trinchador antiguo que la pared adornaba. La lámpara de pie y, luego y sin distancia, el almohadón reposando en el respaldo del asiento –confort a la región lumbar aquejada por los años. De nuevo, y con pasos inversamente acontecidos, regresa quedamente por el compás fronterizo de la lámpara, el estante de los libros, el trinchador y la mesa del centro de la estancia: las gafas de leer sobre ella misma. Acariciosamente sujetadas en las manos, y el trinchador otra vez con el estante –y allí, un libro escogido y destinado. Volumen de páginas intonsas otra vez en las manos, y las lentes posadas en la tapa repujada de piel verde y en letras de oro envejecido. La lámpara otra vez, y sus contornos, y el asiento –ocupado con torpeza, lentamente, quejumbroso de flexión y reumatismos que se anuncian y amenazan. La almohada, a la mitad de la espalda amortigua los rigores del peso corporal y del respaldo. Las gafas, ya caladas por el entrecejo hacia las aurículas donde posan sus patillas. Y el volumen –abierto lentamente, cortaplumas que extrae del bolsillo con unción sujetado en ambos dedos: tonsura del volumen –página segunda y página primera. Incisión y rasgadura. Lectura que se anuncia o que amenaza, todavía sin saber si entreverada o tras culminar –cruenta e infinita- la tonsura.

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