El Sisio, Tarsicio de cultismo, aguardaba cada día el horario en que el sacristán abría vespertino las puertas de la iglesia. No aguardaba a ojos vistas sino callejeando el entorno, entrando en el salón de futbolines de la plaza y saliendo prestamente, abordando de paso a los viandantes –no por atención o distingo, mas por asaetearlos con ocurrencias incomprensibles o soeces, inconexas. Allá merodeaba y, franqueadas las puertas, recorría las capillas laterales –prendía las velas apagadas, manoseaba los santos –saliva destilando en comisuras, ropa sin aseo y tanto como el cuerpo-, de soslayo observaba no a beatas añosas cotidianas sino a jóvenes sin más…, enajenado que fuera o que ante sí mismo fingiera convencido. Y ahí queda la historia por ahora, historia sin final –que al final, fue lo de menos.

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