No sé si conozco palabra más sujeta al vaivén cambiante de la estima. Casi siempre, sujeta a la opinión que propician condiciones circundantes –envidiada, denostada, sobre todo en etapas de penuria. Con su inamovilidad tan política y de corte hegeliano: fuera del alcance del dedo discrecional del gobernante –aunque, astuto, el político encuentre el modo de burlar ese control, establecer su nepótica cohorte. Por más que de todo haya también en este caso –quien usara su estatuto para holganza, o accediera –al menos, así me lo contaban- con arteras chuletas en los muslos –escondidas por la falda.

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