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Ayer, el órgano histórico de Torre de Juan Abad ofreció un concierto a cargo de músicos de la comarca –con su algo, pizca, de experimento musical. Así, el magnífico instrumento sonó acompañado a veces por el saxofón soprano, y por una flauta travesera también. Tras la ejecución, y sin obstar al deleite, me vienen a las mientes dos motivos con los que la inteligencia podría juguetear: uno, la inadecuación de la flauta travesera para conjugar con el órgano su evolución armónica. Tal vez, por causa de la debilidad inherente al instrumento –en cuanto a la potencia de su voz. Algo que no sucede con el saxo soprano, instrumento capaz de mayor amplificación sonora. También, vengo a suponer, por la identidad de timbre con los registros más suaves del órgano –únicos que hacen posible la simultaneidad con instrumento movido por la capacidad aérea del pulmón. Otro: la constatación de que el melómano, como cualquier otro gustador, precisa de que los cultismos musicales se entreveren con el aire de ejecuciones más livianas o de agrado más popular. Esto, lo vengo a decir por la sensación sobreabundante de tientos y de adagios imponiendo un tono solemne y prolongado, muy a lo largo del concierto y sin solución de continuidad.

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