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Escribimos siempre a partir de lo que en cada instante somos. O sea, que lo que somos es cambiante por instantes. Que escribimos –mayestático, plural o retórico tan sólo. Que el escribir es relativo a lo que cada tiempo, momentáneo, a nuestro ser le depara. De ahí que, para quien adquirió el hábito de escritura cotidiana, textos desprendan ironía y desenfado, otros alegría, o melancolía –pero nunca abatimiento. Sin embargo, todos ellos –cada uno- poseen algo más que un aire de familia: un aliento, un hilo o un estilo que traen testimonio de una congruencia pertinaz al través de cada tiempo, continuidad no sé, por parte de quien fuera trazando aquellas líneas.

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