Está cayendo fuego. No por una figura apocalíptica famosa, ni por un decir tampoco. Aire a punto de ignición –sin masa combustible. Con perros jadeando en las baldosas, lenguaraces. Y la atmósfera quieta, inamovible, en un sofoco. Asfalto inhabitable, con vida germinal a lo sumo refugiada en un subsuelo de petróleo abandonado -y sucio, de las calles.

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