Dejémoslo así, pues puede uno estar orgulloso de cualquier cosa que le peta. Hoy, para algunos, de ser gays –para muchos, incluso se dirá, pero al argumento no le importa. Como tampoco importa la razón o no que en tal motivo haya. Hablo, ahora, del orgullo. Como afirmación y en vías de argumento. Que no añade razón ni plus de autoridad, parece razonable. Que no es publicidad tan sólo y llana, tampoco parece falto de verdad según el caso. Dependiendo de aquello que sea objeto del orgullo: un valor reconocido –ser demócrata, o un buen profesional, o cualquier cosa por ejemplo-, o un valor denegado o discutido. En este caso, la exhibición del orgullo adquiere el matiz multiplicador de la provocación y la denuncia. Como una autoridad que el argumento no posee por sí sólo –que recibe del rechazo y la tensión que el adversario le dispensa. Aunque, hoy y entre nosotros, provocar resulte cada vez más infrecuente –por sofocación o por hartazgo: ni en la proclamación multitudinaria de ser minoría y oprimida, retórica en grado tanto y tan siquiera.

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