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Para cada cual –de la cuna a la muerte- la identidad se yergue y se mantiene sobre el reconocimiento ajeno. Sin el cual, el afirmarse impotente y la neurosis. Salvo el nacionalismo –afirmación de sí desde sí mismo. Por una postulación tautológica y tozuda. Como el barón de Münchhausen, queriendo sacarse del lago a sí mismo tirando de su propia cabellera. O como el argumento ontológico diablesco, del Fausto goethiano: -y algo el Diablo ha de ser; pues, si no, ¿cómo Diablo sería?

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