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Quiero suponer que pocos discutieran que el mundo nuestro –este, también, hoy- sigue amamantado por la civilización romana, en sus coyunturas y entretelas. O no sé si sólo, así, digo un deseo. Esa civilización tan unida a la sangre, a la familia –lugar civilizado de derecho y de política: la administración, sus leyes y sus códigos, asunto de convivencia familiar entre parientes –a lo imperial y lo grande. Donde, con naturalidad ingenua, igual se regulaba el campo y sus faenas, los ejércitos –legiones-, el comercio, las fronteras, la piedad y la familia. También querría –y es otro deseo- que en la sociedad nuestra el derecho administrativo fuera reputado la matriz común, noble y antigua de las leyes. Razón –junto a otras- de los buenos ojos con que miro la instrucción pública –educación o enseñanza según posturas adoptadas: con principios públicos y reglas, con espíritu familiar –administrativo y a lo grande.

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