Es un vicio tonto, el vicio del tabaco. Tan tonto como cualquier otro. Así dijo JN, lejos de cualquiera fe. Fuera ésta la del dogmático apóstata del vicio juvenil de la colilla furtiva -del cigarro del doncel, de los ducados del recién trabajador. Convencido como estaba de que lo más adictivo, tal le sucede al pecado, el tabaco lo recibe de los aprestos solemnes con que el fumador posterga el drama de dejarlo –el vicio reiterativo de abandonar el fumar.

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