No era eso. Ese tiempo reciente y en España, cuando en albañilería y en tajos adyacentes contaba cualquiera con una facilidad en el hallazgo de trabajo, un reconocimiento en estabilidad y en salario percibido, que ninguna concienzuda dedicación al estudio hacía esperable. Ese tiempo en el que encontrar un fontanero para reparación doméstica era azaroso o imposible –ocupados que estaban en levantar edificios, edificios y edificios. Y no vaya aquí desdén alguno por los oficios relatados, ni reproche a condiciones favorables. Pero no era eso –qué la sociedad estaba dispuesta a pagar y qué premiaba. Un sentido del lucro, y la primacía de provecho ventajista a gran escala –el tiempo deshizo en breve la mentira. Con un reverso depreciatorio del estudio, del esfuerzo juvenil durante años. Trasladado a la política: tal si fuera elitista concebir que para determinados cargos importe una formación ascética y dilatada –concedamos incluso que tanto como pudiera importar también la astucia.

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