Hecho que nuestro cuerpo está –y nuestra mente- para olvidar lo ingrato. El sufrimiento aquel que hiciera sollozar, tal si nunca se hubiera de encontrar en sí mismo una salida. La enfermedad que postrado tuvo el cuerpo. La soledad del alma en medio de la adversidad, cuando el más familiar miraba con la helada mirada del ajeno. El dolor en el cuerpo –eterno en el instante, más tarde pasajero. La muerte de cercanos –conforme se aprieta la tierra, así los corazones. Olvidar para seguir viviendo –sin que las cosas que fueron impidan el sobrevivir calmo del presente, actual y acontecido. Salvo cuando la memoria se afana en no olvidar el rostro que trajera el dolor hasta nosotros, con juicio implacable y duradero… se afana en recordar sin darnos una tregua… para pervivir uno mismo frente a él e inmarcesible… Entonces, no olvidar: con obsesión inmemorial y casi eterna. En el áspero desierto de sí mismos. En los ventisqueros de la destrucción de sí –o, donde el odio.

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