Recién caído, el crepúsculo con la oscuridad a media luz en el zaguán del edificio. Al fondo, el ascensor –cerrada la puerta, el botón de la llamada titilando luz metálica y violeta que anuncia el hallarse en planta baja. Pulsa, en el interior, la tecla que conduce a lo más alto –bajo la terraza comunitaria, sucia a medias de limpieza comunal de varios días. Arribado, y saliendo al pasillo que distribuye las viviendas apiñadas y contiguas –recodo al fondo, tacones que se ocultan y regresan presurosos, deshaciendo pasos breves hasta el límite interior de un apartamento de mujer sola, de mujer solitaria o asolada. La puerta, cerrada con abrupto portazo involuntario que delata una cita errada con los pasos de otro hombre. Adentro, la soledad quizás con la luz modulada de lámparas de luz tenue y cremosa –aguardando el acontecimiento de un encuentro, sin equívoco ni error, ni ascensor esta vez, ni con pasos fementidos.

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