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Doy en pensar que, en cualquiera –en los actos de su vida-, cosas habrá que perseveren –que permanezca, ninguna. Y no hablo de la muerte. Aunque aquí, y por tal de no desesperar y del sentido de cuantas cosas hacemos, prudencia será y remedio a la locura la máxima königsberguense: obrar tal si la inmortalidad ocupara nuestra fe, aunque no sea creíble -de por sí, ni en modo alguno.

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