Los enanos fueron propios en la corte española de los Austrias. Aquellos que retrató Velázquez, influyentes a veces también en la vida política y cortesana. No sólo para solaz del monarca, sus infantes y consorte: excentricidad de la naturaleza que ofreciera un ornato y demandara un respeto simultáneo –sin que el divertimento llegara en instante a traspasar las fronteras de la burla, a romper los cristales del decoro. Jamás fueron bufones los enanos: desconsideración impropia fuera de tan grande Señor y Soberano. Salvo que el Soberano sea –tal hoy- el pueblo soberano. Nada que objetar, salvo que se hiciera verdad el dicho de Castilla: ni sirvas a quien sirvió, ni pidas a quien pidió. Pues la soberanía exige decoro y majestad para no envilecer su presencia entre los tiempos de la historia. Y que, las tornas vueltas, el Rey no devenga bufón de un pueblo soberano, que exalte por lo bajo y lo plebeyo su estridente carcajada. Salvo que el humor justifique un atropello cualquiera –sin exigirse a sí el mínimo común de inteligencia-, tal la portada de semanario satírico –en España y estos días- con motivo de la Corona depuesta en la sede de las Cortes Generales.

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