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Un nacionalismo insano –vaya el pleonasmo por delante, como suele- mantuvo encanallada un tiempo la mentalidad estrecha de aquel poblachón de finca con tapial y señorito. No sólo en la invención de glorias pretéritas, esplendores que adornaran lo anodino del presente. Mas también por la afirmación presuntuosa y fatua de sí mismos. Rambla allá, son las afueras… Por más que el imaginario límite trazara el espacio de un barrio populoso –próspero no tanto- nacido en aledaños. Tan populoso era, que la antigua población parecía excrecencia diminuta o recrecida. Un barrio a medio hacer, y sin embargo, espaciando las viviendas en una diseminación uniforme, acelerada y progresiva –hacia frontera ninguna. Sin cavilación, cómo no. Y al horizonte.

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