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Escribe –las letras a millares, a cientos las palabras. Un relato… El maestro, así –envejecido por años de tarima con brasero, entre pupitres-, al púber enseñaba rudimentos. No ideas que inculcara, mas el damero encajando inaudito las palabras movibles de un inesperado sortilegio. Trazando, evanescentes, mundos –y otros mundos- que conformarse pudieran. Y a una vuelta del tablero, deslizando a otros posibles –sus contornos. Y el maestro: imaginario todo y provisorio, como si escribiera en cada trazo una historia renacida de cenizas anteriores… o un palimpsesto incesante e infinito.

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