No sé si es por la solemnidad con la que se invisten cetros y coronas, o si lo es por ser los reyes durables en los años dilatados de reinado, pero el público suele conmoverse –visible y sin ambages- con el cambio de titulares en el trono. Algo que no sucede tanto en países con régimen de república, donde el tiempo en que se ejerce la jefatura es de por sí limitado, perentorio y no sagrado. No digo que lo uno o lo otro comporten ventaja a la gobernación –ventaja indiscutible y definida. Pero sí a la impresión popular –de lo permanente no: de lo lento en la ilación, de lo constante.

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