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De los bosques de La Alhambra, se baja al Campo del Príncipe por la calle Antequeruela. En cuya acera, bajando, de la izquierda se halla el carmen que fuera de Manuel de Falla –tiempo ha, casa-museo. Su carmen –esa casa tan aire de Granada, con terraza lateral ajardinada de arriates y bancos a la sombra, blanquísimas paredes –por de dentro y por afuera- y dos alturas. Recodo de la calle abajo, la iglesia de San Cecilio –donde el maestro pulsara el órgano en la misa vespertina. Lo pulsara con sus manos –quemadas como estaban del alcohol, con el que el músico las frotaba tras cada estrechamiento de otras manos, aprensivo, hipocondríaco tal era –Gutiérrez Padial me relataba, escritor de la posguerra, en su carmen del capellán, hospital granadino del Refugio.

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