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El lector asiduo, más o menos, de estas circunstanciales anotaciones puede saber del gusto que quien las escribe profesa por los campos españoles de La Mancha. Incluso con esas tiernas pequeñeces quijotescas, que por allá se gastan, con las que los diferentes pueblos se disputan ser lugar de Don Quijote. Que no es gloria pequeña –yo supongo. Como otras glorias menos disputadas: ser el señorío de Quevedo, o gozar de la celda conventual donde este áureo escritor viera la última luz que brilló para sus ojos. Hablo aquí, y así se sabe, de Villanueva de los Infantes. Ese lugar que ha ocupado no pocas líneas de las que aquí llevo puestas, y que ha reabierto por fin –con visitas gratuitas- esa celda mortuoria. No es el único impulso que últimamente se ha dado esta ciudad monumental y llana. Junto a ello, la estupenda colección Himalaya de pintura contemporánea –expuesta permanente en la sala El Mercado, con nombres primeros y de la que también he escrito en otras ocasiones. Los conciertos magníficos de órgano español en la Torre de Juan Abad vecina. Y los conciertos de música clásica de agosto, y en Infantes. Tengo para mí que encanto, monumentos, y voluntad sobre todo no les faltan. También he sugerido en ocasiones anteriores el necesario impulso exterior de instituciones del gobierno regional, universitario incluso, que aportaran una contundencia final a estos proyectos –ahora realidades. Porque, allí, la voluntad es pertinaz y clara.

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