No hace mucho, leía en redes sociales tal como que el novísimo y plastificado concepto de lo políticamente correcto no es sino el equivalente de la exigencia social acomodaticia y rancia, de plegarse a lo bien visto. Cada cual sabrá, o tendrá su idea sobre ello. Pero estimo acreditado que la reticencia de algunos a expresar opiniones determinadas no viene de la opinión misma, defendible en razón, mas de la existencia judicativa de público de opinión unívoca, espectador y predispuesto. Como también el modo de conducirse en discusión o polémica, en público, suele atenerse a esa ley de lo bien visto -reverso de la precisión de no ser cuestionados en una comunidad. Tan fuerte resulta a veces la censura tácita ejercida por parte de una opinión perezosa, interesada, y moldeada en ocasiones no escasas. Vengo a decir esto porque no sé si Arias Cañete –por su declaración tras debate con contrincante femenina claramente inferior en preparación, en análisis o en dialéctica- será machista o lo dejará de ser, pero juzgo que el ágora política española no favorece que se manifieste actitud o razón de antemano inaceptada –contraria a lo esperado, al uso, o inusual.

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