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Arturo Fernández y Albert Boadella, hoy una vez más, dictan una lección nueva de teatro. Con pie puesto en el estribo de un clásico del romanticismo español, Don Juan Tenorio. Y con pretexto en una hipotética deconstrucción de la figura de Don Juan, del lado al alimón de la sociología y el psicoanálisis. Que tendrán, ambas, su verdad –pero que no es la del drama ni las tablas. A lo largo de la escena la voz adrede lumpen y forzada de la desmitificación del mito, alterna con la de Zorrilla mismo que fluye y se esconde como savia interna que convoca el estar de público y actores. Casi dos horas de amenidad que no interrumpe su deleite, con demostración del lado no ideológico del personaje: la verdad del vivir, del amar y del morir, del envejecer amando sobre todo. Con la seriedad que la trama dulcifica y disimula. Con el flanco indispensable y redentor de la belleza. Boadella, inteligente y seguro. Arturo Fernández, hoy en el Romea, un maestro del hacer y la elegancia -como siempre.

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