Repasaba golosa la cristalería, la vajilla que lucía en el mueble acristalado del comedor doméstico. O que ella creía que lucía –viendo delicados encajes de cristal consagrado por los años donde hubiera utillaje de vidrio recio, familia humilde y no más tres decenios. Repasábalo golosa, con absurda avaricia y ridículo afán cleptomaníaco. También las porcelanas, ganadas –toscas como eran- en tómbola de feria de las fiestas de aquel pueblo. Y así, en la vivienda de aquel familiar que ya periclitaba, fueron desapareciendo paulatinas las piezas codiciadas de ese modo. Vacíos desolados -poco a poco- en baldas, en cajones, en puertas abatibles de los muebles. Ajena, con zafiedad dolosa y voluntaria, al trajín -los cuidados que la senilidad en su cerco concitaba.

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