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Las máquinas efectistas en el cine de este siglo, The Terminator por ejemplo, saturan la imaginación y los sentidos con una contundencia metálica –de velocidad, de choque, de destrucción final del mecanismo indestructible. Tengo para mí que buena parte de su resultado –junto al efecto especial sofisticado y al caso- proviene de la velocidad de sus movimientos decididos rectilíneos, o curvos que inmediatos rectifican. De la decisión con que acometen veloces, destruyen y sucumben momentáneos para recuperar su mecanismo y acometer con nuevo impulso. No tuvo Espronceda, en su siglo, un estudio ni efectos especiales. Pero concibió una máquina de su tiempo: con diez cañones por banda, viento en popa, a toda vela, no corta el mar sino vuela, un velero bergantín. Con la contundencia y la gracia de sus mecanismos guerreros situados en los flancos, con el impulso velero rectilíneo y decidido. Pero con los tonos blancos, azules, transparentes del aire del navío. Con la belleza elegante, estilizada, del velero en movimiento entre las aguas rizadas. Que no los colores grises, metálicos, pastel y cenicientos de las máquinas invasoras que saturan este siglo.

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