Lo peor de los años que pasaron –pensaba en la edad del climaterio- no es, con ser mucho, la fatiga de este cuerpo ni la soledad tampoco en los espacios que empapelan los recuerdos. Lo peor, decía –con la espalda en el marco de la puerta semiabierta- tampoco llega a ser el desamparo, con ser mucho. Esta falta de fe… el rancio no creer sin inocencia, este estar derrotado en decepción y curtido en desengaño… Así lo dijo, y lo sentía con derrota anterior e inadvertida: en la fe de sí mismo, que moría.

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