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Que las palabras pueden llegar a los umbrales de la ofensa, se sabe comúnmente. También se conoce que, traspasado el umbral, se desencadenan hechos: no violentos siempre, ni en toda ocasión resarcibles o vengativos. A veces prudentes, o desdeñosos desde una distancia –que, a su vez, hiere u ofende. También, con palabras se alcanza en ocasiones a invadir el espacio del que otros necesitan: su sentirse, su estimarse, su verse en las palabras, su entenderse… Entonces, una usurpación –tan significativa fuera- se cierne con inquietud, como amenaza. Y la distancia, en ocasiones tales, al hablante lo pone ante la inanidad del origen y el propósito de las palabras dichas.

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