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Entrando por la salida última de la autovía hacia El Ejido, bajando la altura de la Alcazaba y asomando el vehículo por el túnel que da acceso, Almería ofrece la más hermosa vista de la ciudad –y una entre las bellas del mediterráneo peninsular y sureño. Una vista en la que el hábito no aminora la sorpresa –la belleza: novedad permanente a los sentidos, y pasmo al pensamiento y a la idea. Las calles susurran desde siempre un aire marinero, con viviendas de aire propio y ventanas alargadas a lo alto, con estrechez en las calles más antiguas –en sus tiempos ajetreo de matronas, pescadores. Esta ciudad, siempre la visité por razón de la amistad, su exigencia y su deleite. Sin que en ella nada haya más allá de lo que la naturaleza puso, y el laboreo humilde, antiguo y cotidiano de los mares. Nunca me llamó para ella y para siempre: tal esposa del harén –no favorita- que reposa en su costado la fatiga de deleites vivaces demasiado, de tonos y sabores no secretos.

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