De los corrales de comedias –siglos áureos- a los teatros burgueses y, por último, a modernos auditorios –hay diferencia de concepto y de teatro. La comedia por ejemplo, representada en espacio reducido, familiar y abierto hasta el cielo de la noche, prestaba sus licencias al bullicio –al comentario, al cuchicheo, a la risotada sonora de señora con edad que no precisa ya de más licencias. Sin embargo el cubrimiento del patio y de los palcos, el oropel de barandas, los espejos… ejercieron contención a las expansiones espontáneas del respetable, si bien no suprimieran cabalmente cuanto dejo pueblerino en sus palcos y butacas se alojaba. También hoy, el espectador de la comedia –escudriñador y culto, el que lo fuera- teme no poder escuchar la declamación del lance venidero, por causa del popular alborozo, del alboroto desconsiderado y entusiasta. Al finalizar hoy la obra y vuelta la mirada hacia una butaca a mis espaldas, el rostro juvenil y afeitado de una joven no hubiera traslucido las carcajadas seniles y gritonas que prodigó desde el telón inicial hasta el límite final de los aplausos.

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