Bajaba la escalera, apenas advertido el olor viciado e impregnante de túneles y andenes. En hora no punta todavía, aunque animado el transitar presuroso de viajeros. Aquel lugar de paso, siempre le trajo alguna sensación entre incómoda e inhóspita –lugar de exposición de sí a un orbe imprevisible, a miradas de intención desconocida o inquietante, lugares de soledad donde un peligro no hallaría el auxilio común de semejantes. Después, el vagón de interior iluminado –alivio de hallarse por fin en el camino, a varias estaciones de un sucederse rápido por en medio de los túneles oscuros. Sonido de la puerta que se abre: sin cortesías de ceder el paso a ancianos o señoras, bocanada de pasos que descienden al andén de la otra orilla. Entonces, torrencial una luz precipitándose por la boca de acceso más cercana, a lo alto cegadora, con mendigo sentado a la altura de la acera –rostro cetrino, ensimismados los ojos, tal quien todo su futuro lo halla compendiado en la misma justeza de ese instante.

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