Cansado llegaba al final de cada uno de sus días –por un exceso de atención que, a fuer de su constancia, fatigaba mismamente esa atención y su deseo. Pues cada cosa, cada detalle nimio de su entorno, cualquiera actitud de otros –próxima fuera, o traída virtual a su presencia-, constituían obsesión para su preocupación, su pensamiento y su memoria. Vivía sin que en nada le alcanzara el alivio de una ingravidez, una soltura familiar en su experiencia. Y así, sobre sus hombros cargaba aquel peso sobrehumano: la cura sobre el mundo percibido –indagar, obsesivo, lo gravoso del instante.

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