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En una calle de Écija, se dice y en una pared se escribe, Cristo practicó un milagro. Muy sevillano, él –el milagro, digo. Dícese que Maese Luis –siglo XV creo, y gran aficionado al juego- empeñó todos sus bienes a un usurero judío, y los perdió –nombre que no podía ser sino algo así como Mosén Samuel, para censura y escarnio de la raza. Con ocasión de grave enfermedad de su mujer, dirigióse el tal Maese al Cristo, quien cobró vida y le entregó su cíngulo convertido en oro. Al regreso, una casa de juegos requirió el vicio de Maese Luis quien entró, jugó y perdió el cordón. El Cristo –sabedor de que no podría denegar un nuevo favor si el pecador lo suplicara- acordó no portar más cíngulo alguno –razón por la que cada vez que le ha sido repintado sobre la túnica, el cordón se ha vuelto a borrar. Es de ver –pienso- a este Cristo poniendo límite a su bondad, escondiendo su tesoro y su poder, por censura del vicio ingrato y pecador. Tampoco se dice por qué no podría mudar en material precioso cualquier otra prenda de su jaez. Como no se relata –ni se sabe si tal asunto importa- qué fue, gravemente enferma, de la inocente mujer.

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