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Madrid: nunca vi distinción, más allá de aquella que es propia del pueblo soberano. Del pueblo aquél, es decir, del porque me da la gana la real gana, incluso y más castizo. De la Plaza Mayor a San Jerónimo –su carrera. El Prado o Recoletos –región de monumentos sin solemnidad ni poder que se aparente: urbana, periclitada o no llegada al esplendor del urbanismo brillante, acaudalado, descomunal y anónimo del vigésimo siglo –que ya se fue, en tantos modos pasado. Desconocidos que hoy transitan, que se cruzan por una vez tal vez y sólo: sin formar multitud por muchos que se ignoren y se sumen. Mas rostros, aspectos familiares sin embargo. Afanes que se traslucen comunes y de siempre. Con aire plácido, incluso en los días aquellos del trajín de semana y laborables: dejo dominical, flamante y desocupado ambiente del lado del Palacio –sobre todo- y la Almudena. Nunca visité Madrid sin que un aire provinciano recalara en los afectos y el sentido –sin que un algo que persiste y ya no es… me llamara.

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